El Editorial
LA SEMANA POR LA PAZ

 

La celebración anual de la “Semana por la Paz” se inició en Colombia desde 1988, cuando distintas entidades de la Iglesia Católica, y especialmente la Conferencia Episcopal, ante el recrudecimiento de la violencia, vieron la necesidad de establecer un espacio para proclamar el valor de la vida. Desde entonces, a partir de un tema concreto, año tras año, la “Semana por la Paz” se ha vuelto un escenario que hace visibles análisis y esfuerzos de tantas personas que trabajan por la defensa de los derechos humanos, por dignificar la vida y por lograr una convivencia pacífica.
Hoy, podemos decir que la “Semana por la Paz” se ha configurado como un tiempo de reflexión sobre los valores y las condiciones que exige la paz; como una llamada a promover iniciativas que, desde diversos campos, instauren las bases para una sociedad pacífica; como un espacio educativo que nos invita y nos mueve a no ser agentes de odio y agresión; como una ocasión de reconciliación con nosotros mismos, con los demás y con Dios; como un horizonte de esperanza que muestra la posibilidad de una nueva sociedad fundada sobre la verdad, la libertad, la justicia y la solidaridad.
La “Semana por la Paz”, que comenzará con la Eucaristía solemne del domingo 5 de septiembre al mediodía, en nuestra Catedral, coincide con un momento en que se ha recrudecido la violencia, con la preocupante modalidad de enfrentamiento entre bandas criminales de jóvenes, en nuestras ciudades. Por tanto, urge acoger esta oportunidad de sensibilización, formación y movilización, que busca el compromiso de todos en la construcción de la paz. Construir la paz no es sólo cuestión de estructuras, sino de personas. La paz es obra de la mente y el corazón de quienes quieren educarse para la paz, vivir la fraternidad y promover una sociedad con justicia social.
Sobra decir que se invita a las parroquias, las comunidades religiosas, los movimientos y grupos apostólicos a participar de forma creativa y comprometida en una semana de oración, reflexión y trabajo por la paz, a través del perdón, la búsqueda de la equidad y la formación para la convivencia. Se necesitan actos y gestos de paz que vayan creando una cultura de paz. En este sentido, pueden realizarse actividades como celebraciones litúrgicas, vigilias de oración, foros, jornadas educativas, actos culturales, marchas y demás iniciativas que ayuden a reflexionar sobre el bien inestimable de la paz y el deber de empeñarnos todos en alcanzarlo.
Pero, más allá de todo esto, la Iglesia puede dar un aporte más grande e insustituible que va a lo fundamental y es la formación de la conciencia, el ofrecimiento de un camino espiritual y la relación personal con Dios. En este acontecimiento religioso, la persona encuentra sentido para su vida, adquiere fuerza para asumir responsablemente su existencia, descubre la alegría de pertenecer a una comunidad, experimenta la belleza de darse en una misión y se llena de esperanza ante su destino eterno.
Precisamente, las carencias de sentido, de fortaleza espiritual, de pertenencia, de misión y de esperanza, son las que los jóvenes intentan compensar con el programa, el poder de la violencia y la solidaria complicidad de una banda criminal. Por consiguiente, el mayor aporte a la paz lo ofrece la Iglesia cumpliendo su tarea de enseñar la vida nueva del Evangelio, de vincular a una comunidad y de enviar a un compromiso de ayuda a los demás. El gran recurso para construir una paz verdadera y duradera lo tenemos, entonces, en el proyecto de la Misión Continental.
+ Ricardo Tobón Restrepo
Arzobispo de Medellín

semanapaz-webLa celebración anual de la “Semana por la Paz” se inició en Colombia desde 1988, cuando distintas entidades de la Iglesia Católica, y especialmente la Conferencia Episcopal, ante el recrudecimiento de la violencia, vieron la necesidad de establecer un espacio para proclamar el valor de la vida. Desde entonces, a partir de un tema concreto, año tras año, la “Semana por la Paz” se ha vuelto un escenario que hace visibles análisis y esfuerzos de tantas personas que trabajan por la defensa de los derechos humanos, por dignificar la vida y por lograr una convivencia pacífica.

 

Hoy, podemos decir que la “Semana por la Paz” se ha configurado como un tiempo de reflexión sobre los valores y las condiciones que exige la paz; como una llamada a promover iniciativas que, desde diversos campos, instauren las bases para una sociedad pacífica; como un espacio educativo que nos invita y nos mueve a no ser agentes de odio y agresión; como una ocasión de reconciliación con nosotros mismos, con los demás y con Dios; como un horizonte de esperanza que muestra la posibilidad de una nueva sociedad fundada sobre la verdad, la libertad, la justicia y la solidaridad.

 

 

La “Semana por la Paz”, que comenzará con la Eucaristía solemne del domingo 5 de septiembre al mediodía, en nuestra Catedral, coincide con un momento en que se ha recrudecido la violencia, con la preocupante modalidad de enfrentamiento entre bandas criminales de jóvenes, en nuestras ciudades. Por tanto, urge acoger esta oportunidad de sensibilización, formación y movilización, que busca el compromiso de todos en la construcción de la paz. Construir la paz no es sólo cuestión de estructuras, sino de personas. La paz es obra de la mente y el corazón de quienes quieren educarse para la paz, vivir la fraternidad y promover una sociedad con justicia social. 

 

 

Sobra decir que se invita a las parroquias, las comunidades religiosas, los movimientos y grupos apostólicos a participar de forma creativa y comprometida en una semana de oración, reflexión y trabajo por la paz, a través del perdón, la búsqueda de la equidad y la formación para la convivencia. Se necesitan actos y gestos de paz que vayan creando una cultura de paz. En este sentido, pueden realizarse actividades como celebraciones litúrgicas, vigilias de oración, foros, jornadas educativas, actos culturales, marchas y demás iniciativas que ayuden a reflexionar sobre el bien inestimable de la paz y el deber de empeñarnos todos en alcanzarlo.

 

 

Pero, más allá de todo esto, la Iglesia puede dar un aporte más grande e insustituible que va a lo fundamental y es la formación de la conciencia, el ofrecimiento de un camino espiritual y la relación personal con Dios. En este acontecimiento religioso, la persona encuentra sentido para su vida, adquiere fuerza para asumir responsablemente su existencia, descubre la alegría de pertenecer a una comunidad, experimenta la belleza de darse en una misión y se llena de esperanza ante su destino eterno. Precisamente, las carencias de sentido, de fortaleza espiritual, de pertenencia, de misión y de esperanza, son las que los jóvenes intentan compensar con el programa, el poder de la violencia y la solidaria complicidad de una banda criminal. Por consiguiente, el mayor aporte a la paz lo ofrece la Iglesia cumpliendo su tarea de enseñar la vida nueva del Evangelio, de vincular a una comunidad y de enviar a un compromiso de ayuda a los demás. El gran recurso para construir una paz verdadera y duradera lo tenemos, entonces, en el proyecto de la Misión Continental. 

 

 

+ Ricardo Tobón Restrepo

 

Arzobispo de Medellín

 

 
“ESE PADRE ES UN SANTO”

canonizacion-webPara la Arquidiócesis de Medellín es una gloria poder contar entre los miembros de su Presbiterio con una figura sacerdotal como la del Padre Jesús Antonio Gómez. Un sacerdote conocido porque, a lo largo de cuarenta y nueve años de ministerio, vivió de un modo “normal” la alegría de que el Espíritu Santo lo hubiera configurado con Cristo Pastor para la gloria del Padre. En este caso, normal no quiere decir anodino o trivial, sino que su heroica fidelidad de todos los días y su pasión apostólica de todas las horas estuvieron revestidas de tal humildad y naturalidad que parecía no hiciera ningún esfuerzo ni tuviera nada de extraordinario. Pero, luego, quien lo veía no podía sino admirarse de esa vida tan llena de Dios y tan generosamente dedicada a los demás y tenía que concluir, como ante algo evidente: “Ese Padre es un santo”.

 

Estamos dedicando la primera semana de septiembre, como en años anteriores, a la colecta anual para su causa de canonización. Pero, debemos, sobre todo, aprovechar este tiempo para conocer su vida y su obra, para apropiarnos de su ejemplo y su mensaje, para presentar a muchos esta vida sacerdotal tan cercana a nosotros y tan ejemplar. El Padre Jesús Antonio, que dedicó la mayor parte de su ministerio a la formación de los futuros sacerdotes y a la dirección espiritual, aparece como una figura de particular actualidad para la Iglesia, que debe ocuparse hoy de formar verdaderos discípulos de Jesús, que debe responder a la urgencia de acompañar a las personas en un serio y progresivo camino espiritual y, sobre todo, que debe lograr presentar de un modo nuevo la identidad y la misión del sacerdote.

 

Después del Concilio Vaticano II se ha vivido una crisis del sacerdocio sin precedentes, caracterizada por abandonos del estado clerical, por sacerdotes con una doble vida y por escasez de vocaciones. Esta situación no se puede mirar con indiferencia o superficialidad. Es preciso enfrentara, no sólo para tratar de comprender sus raíces, sino también para discernir en ella aspectos que contribuyan a una renovación del sacerdocio. En este sentido, es preciso ver la profunda vinculación entre la identidad y la santidad del sacerdote. Una y otra se derivan de la especial y esencial relación del sacerdote con Cristo, en cuanto participación específica y continuación de Cristo mismo, siendo su imagen viva y transparente (cf PDV,12).

 

La Iglesia tiene la exigencia de descubrir constantemente que un sacerdocio fuerte y activo no es sólo el signo de la vida del Espíritu Santo en la Iglesia, sino el medio mismo por el que el Espíritu Santo obra la salvación del mundo. Como el santo ejemplariza, el que no es santo, y en la medida en que no lo es, escandaliza. Por tanto, esta realidad nos interesa a todos, pues la salud y la vitalidad del sacerdocio coinciden con la salud y la vitalidad de la Iglesia. Es preciso llegar a que los fieles acompañen y cuiden a sus sacerdotes y que los sacerdotes ofrezcan de verdad, para salvar a aquellos que le han sido confiados, su propio sacrificio, unido al de Cristo, a ejemplo de San Pablo: “Ahora me alegro de poder sufrir por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, para bien de su Cuerpo, que es la Iglesia (Col 1, 24).

 

Es de esta manera como las palabras de la Consagración se transforman en “fórmula de vida” y como sentimos lo que nos ha recordado el Papa Benedicto XVI en la Carta de convocación del Año Sacerdotal: “Las almas cuestan la sangre de Cristo y el sacerdote no puede dedicarse a su salvación sin participar personalmente en el ‘alto precio' de la Redención. El Padre Jesús Antonio tan humano, tan sencillo, nos enseña que los sacerdotes son santos siendo sacerdotes y haciendo lo que hacen los sacerdotes. Ya el Concilio Vaticano II señalaba que “la manera propia de los presbíteros de conseguir la santidad es realizar sincera e incansablemente sus funciones en el Espíritu de Cristo” (PO, 13).

 

+ Ricardo Tobón Restrepo

Arzobispo de Medellín

 
EL SERVICIO DE LA EDUCACIÓN

CONACED-webEsta semana, se realizará en Medellín el VII Congreso Nacional de Educación Católica. Con el tema “Saber y Poder en la Escuela”, CONACED promueve un espacio académico que permita la reflexión y proponga líneas de acción para que la escuela católica realice su misión en los contextos sociales y culturales de hoy, Es un importante esfuerzo que debemos valorar y agradecer a quienes siguen dedicados a pensar y promover el servicio fundamental de la educación, servicio propio del cristiano y profundamente unido a la misión de la Iglesia.

 

En el panorama educativo internacional, al menos a nivel teórico, se admiten unos principios que para las culturas, las religiones y los estados son fundamentales. Ante todo, se ve la educación como un bien imprescindible para la persona y un factor esencial para estructurar una sociedad pacífica y libre. De otra parte, se acepta, generalmente, que el fin primordial del proceso educativo es el desarrollo integral de la persona humana. En tercer lugar,  se piensa que, más allá de la transmisión de conocimientos, la educación incluye la maduración de la personalidad y de todas las facultades humanas dentro del horizonte social del bien común.

 

Pero, al analizar los transfondos de la educación nos encontramos, no sólo con cuestiones relacionadas con la concepción cultural y política de un orden social y jurídico, sino también con los criterios fundamentales, filosóficos y teológicos, que afectan al concepto mismo de la educación y su valor decisivo para el bien de cada persona y de toda la familia humana. Las vacilaciones y las carencias prácticas que frecuentemente aparecen en el ambiente de la escuela tienen que ver, en definitiva, con la respuesta verdadera a una pregunta esencial: ¿Cuál es el ideal de persona humana que debe guiar y configurar toda la normativa y actividad educativas?

 

La respuesta a esta pregunta no puede ser impuesta por el Estado; debe brotar de la conciencia, rectamente formada y libremente expresada, de los padres de familia y de la sociedad. El papel del Estado es garantizar, a las familias y a las instituciones acreditadas, este ámbito de libertad responsable para definir y elegir el modelo educativo que estimen más adecuado para afrontar las necesidades de una genuina educación integral para las nuevas generaciones. Ahora, es claro que la visión del hombre y de su destino, que se difunde implícita y explícitamente, no pocas veces, es contradictoria, imprecisa y opuesta a la visión cristiana del hombre.

 

Por tanto, la Iglesia, que tiene el deber de infundir la sabiduría y la fuerza del Evangelio en la humanidad, no puede marginarse en el servicio educativo. Debe aprovechar todos los medios para inspirar una educación que defienda en toda persona su dignidad y su vocación de eternidad; que potencie la llamada personal a vivir, a través de la riqueza como varón y mujer, el don del amor y de la vida; que promueva los derechos fundamentales e inviolables de todo ser humano, derechos anteriores y superiores a cualquier instancia jurídica; que enseñe a la persona, superando el plano puramente biológico y psicológico, a integrarse armoniosa y creativamente en la sociedad para aportar lo mejor de sí a los demás.

 

Urge, por consiguiente, que percibamos la necesidad de apoyar los colegios católicos; de ofrecer un acompañamiento espiritual y pastoral a los docentes; de ilustrar a los padres de familia cristianos sobre lo que está en juego en la actual situación educativa y la responsabilidad que tienen de actuar valientemente; de aprovechar los espacios que aun tenemos en los colegios estatales; de cuidar con responsabilidad todo lo que atañe a la educación religiosa escolar; de mantener una conciencia más lúcida y vigilante sobre ciertas orientaciones o ideologías que pueden determinar los procesos educativos; de hacernos protagonistas de una auténtica educación que aporte verdaderas soluciones de futuro a nuestros graves problemas políticos y sociales.

 

+ Ricardo Tobón Restrepo

Arzobispo de Medellín

 
EL II CONGRESO EUCARÍSTICO NACIONAL

asombro-gratitud-webEn agosto de 1935, hace 75 años, Colombia celebró con inusitado fervor el II Congreso Eucarístico Nacional en la ciudad de Medellín. Para nuestra Arquidiócesis, éste fue un momento de gracia que renovó la fe, al unirse a una multitud de personas venidas de diversas ciudades del país y del extranjero, para contemplar y vivir el misterio de la Eucaristía. Los frutos espirituales de ese acontecimiento, preparado con esmero, acogido con amor y realizado con entusiasmo fueron muchos. Como especial recuerdo de él quedaron la Parroquia de El Sagrario, la exposición permanente del Santísimo Sacramento en la capilla de San Juan de Dios y una Asociación Radial Arquidiocesana para difundir el mensaje del Evangelio.

 

Este año, se han programado diversos actos para hacer memoria de este gran evento eclesial. Pero más allá de la conmemoración que con loable empeño algunos están promoviendo, todos debemos proponernos renovar nuestra fe y nuestro amor a la Eucaristía, fuente y cumbre de la vida de la Iglesia, a fin de que crezcamos en la valoración y agradecimiento por este misterio que perpetúa la presencia y la inmolación de Cristo. Es preciso, en efecto, que cada día lleguemos a descubrir mejor y a vivir más provechosamente el don inestimable del Cuerpo y de la Sangre del Señor; Cuerpo que se entrega por nosotros, Sangre que sella la alianza nueva y eterna (cf 1 Cor.11,24-25).

 

En cada Misa, lo sabemos bien, conmemoramos un hecho histórico y decisivo: antes de ofrecerse en la cruz, Cristo instituyó el memorial que perpetúa su entrega en todos los tiempos. Desde hace dos mil años hasta hoy, la Iglesia vive de la Eucaristía, se deja formar por la Eucaristía y celebra la Eucaristía hasta que vuelva su Señor. Por eso, la Eucaristía expresa nuestra identidad profunda de personas ofrecidas con Cristo por la salvación del mundo, favorece la espiritualidad de comunión y nos capacita para el testimonio del amor más grande, el que da la vida por los hermanos. Los invito a que aprovechemos esta conmemoración al menos para dos compromisos concretos.

 

Ante todo, para celebrar y vivir con profunda fe, con gran respeto y con el máximo provecho la Eucaristía. La Eucarstía no es un acto entre otros, ni un rito que sirve para solemnizar distintos acontecimientos, ni un sacramento con el que, en algún sentido, nos lucramos. El Papa Juan Pablo II enseñaba: “La liturgia nunca es propiedad privada de alguien, ni del celebrante ni de la comunidad... A nadie le está permitido infravalorar el Misterio confiado a nuestras manos: éste es demasiado grande para que alguien pueda permitirse tratarlo a su arbitrio personal, lo que no respetaría ni su carácter sagrado ni su dimensión universal.” (Ecclesia de Eucharistia, 52).

 

Y, en segundo lugar, para fomentar una auténtica espiritualidad eucarística. Que aprendamos a ofrecernos, con Cristo, al Padre. En la Eucaristía no somos “actores” de teatro. El sacerdote y los fieles actuamos asumiendo la persona y la obra redentora de Cristo. En la Eucaristía encontramos el sentido del amor, de la entrega y de la fidelidad presentes en nuestra vida. La Eucaristía no es un momento aislado, sino que toda la vida se presenta como ofrenda en el altar y, terminada la celebración, la Misa se prolonga  en la vida ordinaria, iluminando, sanando, santificando todo nuestro ser y todas nuestras actividades. Así, la Eucaristía infunde en el corazón de la comunidad la caridad de Cristo y la esperanza del Reino de Dios.

 

+ Ricardo Tobón Restrepo

Arzobispo de Medellín

 
CAMBIO DE GOBIERNO

bandera-de-colombia-webAl darse un cambio de gobierno en Colombia, estamos ante un momento muy importante en la vida de la nación. De una parte, es la manifestación del funcionamiento y la consolidación del sistema democrático y, de otra, es el inicio de una nueva etapa en nuestro proceso histórico. Los católicos, que debemos ser también los mejores ciudadanos, no podemos ser indiferentes ante este hecho, pues como enseña el Concilio Vaticano II la Iglesia alaba y estima la labor de quienes al servicio del hombre, se consagran al bien de la vida pública y aceptan las cargas de este oficio” (GS,75).

 

Nuestro deber es apoyar y colaborar en todos los proyectos e iniciativas que se fundan en el respeto por la dignidad y los derechos de la persona humana, en la búsqueda del bien común, en la responsabilidad social con los marginados y débiles y en la promoción del bienestar de los ciudadanos en todas las dimensiones de la vida. El ideal de la Iglesia en el área política es que, dentro de la máxima participación ciudadana, se promuevan valores fundamentales en una democracia como son la solidaridad, la justicia social, la honestidad, la verdad, la libertad y la convivencia pacífica.

 

La colaboración con el mundo de la política debemos realizarla dentro de una sana laicidad. El Papa Benedicto XVI lo ha explicado claramente en Aparecida: "Si la Iglesia comenzara a transformarse en sujeto político, no haría más por los pobres y por la justicia, perdería su independencia y su autoridad moral, identificándose con una única vía política y con posiciones parciales opinables. La Iglesia es abogada de la justicia y de los pobres, precisamente al no identificarse con los políticos ni con los intereses de partido. Sólo siendo independiente puede enseñar los grandes valores, orientar las conciencias y ofrecer una opción de vida que va más allá del ámbito político”.

 

La misión que la Iglesia tiene en la vida pública debe cumplirla especialmente por medio de los laicos. De ahí la urgencia de formar laicos y laicas que puedan actuar en el mundo como discípulos misioneros y aportar lo específico del Evangelio a la transformación de la sociedad. Ellos deben estar presentes en el ámbito público para la formación de los consensos necesarios y para la defensa de la verdad y el bien (cf LG, 31, DA, 300). La presencia de los laicos en la vida política es a veces tan discreta que alguien se atrevió a definirlos como “católicos vergonzantes”. Es importante, por consiguiente, que nos empeñemos en tener un laicado que pueda vivir su identidad y realizar su misión también en el importante areópago del gobierno de los pueblos.

 

+ Ricardo Tobón Restrepo

Arzobispo de Medellín

 


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